miércoles, 19 de junio de 2013

“SIN MUJERES, LOS DERECHOS NO SON HUMANOS”

Me brindan hoy, Día del Refugiado, la oportunidad de escribir sobre los campamentos de refugiados saharauis de Tindouf, Argelia. Me siento agradecida y afortunada. Es una gran suerte poder contar en voz alta tanto que me guardo, porque soy mujer y puedo intentar hacer el esfuerzo de comprender cuanto ellas pasaron, lo que sufren y cómo se sacrifican por sus familias y por la libertad de su pueblo.

Sin ningún género de dudas, las mujeres saharauis son la esencia de una causa que aboga pacíficamente por la libertad y la independencia. Son el aliento de su pueblo y la voz, la cabeza y los brazos que han construido los pilares sobre los que hoy en día se aposentan firmes sobre la arena del desierto argelino sus  campamentos de refugiados. Ellas los levantaron de la nada, crearon la infraestructura general y el sistema administrativo. Todo un logro.
 Sus testimonios son estremecedores. Tengo ahora en la mente los escalofriantes momentos vividos por Suelma Beiruk, , Fatimetu Husein, Zaina Amay Bachir y tantas otras más, cuando recuerdan cómo fue la huída, cuando tuvieron que abandonar el Sáhara Occidental, que estaba siendo ocupado por la fuerza por Marruecos, decidiendo en un instante y sobre la marcha una dirección a seguir, sorteando bombas, golpes y miedo. Los hombres se unieron al ejército, las mujeres huyeron con los niños. Nunca pensaron que aquella decisión supondría dejar atrás para siempre  sus vidas, familias y su país. No se imaginaron nunca llegar a ser refugiados, ni mucho menos que su exilio duraría, de momento, casi cuatro décadas.

Son refugiados de carácter político. En sus campamentos no hay trabajo ni oportunidades de desarrollo económico. Todo lo que hay lo han ido consiguiendo con su esfuerzo, como siempre digo, con sangre, sudor y lágrimas.Las condiciones de vida allí son duras. La mayoría de la población vive sin luz eléctrica ni agua corriente. Dependen casi totalmente de la ayuda internacional externa para subsistir, que ha ido decreciendo con los años. La situación empieza a ser crítica y la vida de los saharauis refugiados realmente se está poniendo en peligro por la falta de eficiencia y eficacia de los instrumentos de ayuda humanitaria internacional. ACNUR y el Programa Mundial de Alimentos estiman que el 67% de las mujeres lactantes, el 56% mujeres embarazadas y el 45% de las mujeres en edad fértil sufren anemia. El 30% de los niños menores de 8 años sufre de desnutrición crónica, además de otros problemas de salud identificados, como la diabetes crónica que afecta a gran parte de las mujeres.
Huelga decir que las mujeres han jugado un papel fundamental a lo largo de estos 38 años. Primero, en época de guerra, estaban allí solas, en mitad de la nada. Con la tela de sus melfas (vestimenta típica saharaui femenina) levantaron las jaimas donde cobijarse; hicieron vendas y apósitos para los heridos; mujeres que trabajaban a destajo, igual haciendo bloques de adobe que atendiendo a los niños, embarazadas, parturientas, heridos de guerra, organizando la comida llegada en forma de ayuda humanitaria con un equitativo reparto, gestionando el tiempo y optimizando los recursos disponibles.
Ellas llevaron a cabo la más importante labor en el exilio. Al llegar a los campamentos, el 90% de las mujeres eran analfabetas. Lograron invertir las cifras y sólo 10 de cada 100 mujeres no saben leer en estos momentos. Al entrar en las dependencias de la UNMS en el campamento de Boujdour leí en una pared: “Sin mujeres, los derechos no son humanos”. Esta frase me paró en seco y me hizo reflexionar. Me di cuenta de que su lucha política no está en absoluto reñida con su afán por lograr la equidad que el resto de las mujeres del mundo siguen reclamando.
Ellas han conseguido que sus reivindicaciones en materia de género se conviertan en una exigencia conjunta del pueblo saharaui y que vayan de la mano con la lucha por su libertad e independencia. Han sabido compaginar perfectamente la vida familiar y la laboral con la tradición y la modernidad, así como han aprendido a conjugar mejor que nadie los verbos amar, sufrir, luchar y resistir.


Hacen su revolución diariamente, desde una ejemplar resistencia pacífica en los campamentos, separadas de sus familias por un muro militar marroquí que divide el territorio y al pueblo saharaui en dos, y de sus hijos porque salen a estudiar en universidades de Cuba, Argelia y España. Es difícil, por no decir imposible, encontrar una madre que reúna a todos los miembros de su familia en la misma jaima. Pero la presencia de las mujeres en todos los estamentos de la sociedad saharaui no es testimonial, es activo. Las propias mujeres declinan ocupar más cargos directivos y políticos de elección popular, para no sumar más cargas a las múltiples que ya tienen adquiridas en el trabajo logístico de cada día, tanto en la familia y el cuidado y educación de los hijos, como en la formación propia y las responsabilidades comunitarias. Es por ello que la mujer saharaui goza de alta consideración en las sociedades árabes y musulmanas.Capital humano de incalculable valor, por cuanto su fuerza y su espíritu luchador han hecho de ellas un activo inigualable para el mantenimiento de las costumbres heredadas, aun estando en tan precarias condiciones. Máxime ahora, que la juventud está desencantada, cansada de promesas incumplidas, viendo un futuro entre arena, polvo y piedras… Hartos de vivir en condiciones deplorables en medio de la nada.
Pero si uno se integra de verdad y se mimetiza con las costumbres saharauis, descubre cómo se pueden convertir dos latas de atún, un par de zanahorias y un poco de arroz en todo un majar, servido con las ansias de agradar y de compartir momentos a cada cual más especial. No me quiero olvidar del té. Como los saharauis tienen un sentido muy desarrollado de la identidad nacional, mantienen casi todas sus tradiciones a excepción de que ya no pueden ser nómadas, porque viven en campos de forma sedentaria. Quizá por esta razón, en los campamentos el ritual del té cumple la misma función hoy en día que tiempos atrás, cuando se preparaba en el desierto para mantener la hidratación, pasar el tiempo de soledad y compartir historias y noticias en el intercambio con otros transeúntes. Tres rondas de té: El primero, amargo como la vida; el segundo, suave como la muerte y el tercero, dulce como el amor. Y los saharauis se enorgullecen de sus habilidades para preparar el té, máxime si es para un invitado. Es en ese preciso instante cuando la hammada extiende los brazos y comienza a entrelazar vínculos de armonía, paz y sosiego. Insisto, es el ambiente, es la compañía lo que hace que sea una combinación que conforma una experiencia inolvidable. Te sientes parte de una familia que te acoge con los brazos abiertos, porque la hospitalidad saharaui se basa en el respeto y la tolerancia.
Las mujeres saharauis son un modelo. De ellas aprendo y de ellas quiero seguir aprendiendo. Para todas cuantas continúan en el exilio; para ellas que se levantan por las mañanas con el ánimo y la disposición de enfrentar un día más la realidad sin renunciar ni un ápice a su reivindicación de independencia y libertad; para ellas que me hacen con extremada delicadeza dibujos tallados de cariño con henna en las manos; para ellas que me regalan momentos que son vida… Para todas ellas, gracias por ser como sois.
© Elisa Pavón